Ayer noche en uno de mis arrebatos pensé unas cuantas cosas que me atosigan desde entonces. Y me pregunté:
¿Por qué en la cúspide de los partidos
políticos más representativos de esta España que osa decir que es un país que
integra a las personas con discapacidades no hay gente con discapacidades físicas?
¿O por qué tampoco estamos dirigiendo bancos, presidiendo equipos de fútbol,
gobernando grandes empresas, presentando informativos, participando en
concursos televisivos, y un largo etcétera que tristemente aquí no acaba? ¿Y
por qué aún así los políticos se sienten satisfechos por el servicio que nos
prestan y tienen el descaro de fotografiarse con nosotros tras una brevísima entrevista
en la que nos llaman Personas con capacidades especiales? ¿Y por cierto a qué
viene ese eufemismo? ¿Acaso se creen que por dejar de llamarnos minusválidos nos
arreglan la vida? A mí lo que me revienta es que conviertan el ayudarnos en una
cuestión de baja prioridad pero que ese puto día del Discapacitado se fotografíen
junto al presidente de una asociación nacional, se estrechen las manos y digan ante
los micrófonos que cada día luchan por nuestra integrad.
¡Y un cuerno!, exclamó yo enfadado.
No quiero que por caridad me den subvenciones, no deseo que me integren en una empresa por ley, ni ambiciono que mañana un porcentaje de ministros vayan en silla de ruedas. No es así de fácil ni de rudimentario.
Mi sueño es que haya un mayor porcentaje de minusválidos físicos con
preparación académica porque sólo así un día seremos importantes y se nos
tendrá en cuenta a diario y para cualquier situación. Pero para ello se
necesita concienciar a la sociedad, invertir en centros integrados y un líder que
nos represente. Un Nelson Mandela que sea uno de los nuestros.
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